JUAN METALERO A LA SOMBRA DEL MIEDO.


Cuento escrito por Víctor Manuel Cáceres.

Una vez más el silencio, preludio del horror. 

En el fondo del oscuro calabozo yacía entre otros tantos, Juan Metalero. Casi no podía respirar por el dolor inaguantable que le estremecía. Le habían partido una vez más el cuerpo como tantas veces, esa noche. 


– ¡Puta! ¡Eso de nacido para estar en el infierno es una mierda! ¡Me cumplieron el puto deseo!

Sintió que algo comenzaba a derramarse de su cabeza. Apenas pudo levantar la mano para tocarse el rostro y darse cuenta de que era su sangre, la que manaba a borbotones de su cabeza. Comenzó a llorar. Lloró como un niño enloquecido y desesperado y después de tanto silencio, los gritos que venían de las otras habitaciones parecieron devolverle de nuevo a un dolor más terrible que el de su carne torturada.


La puerta del calabozo se abrió y en medio de la oscuridad dos hombres uniformados y ebrios se dirigieron a la mujer que parecía dormir a su lado. Aquellos extraños la levantaron y la abofetearon. Ella seguía dormida, no quería despertarse…

– ¡No despiertes María por favor! ¡No te despiertes! – suplicó Juan cuando sus lágrimas comenzaron a inundar todo el piso de aquella hedionda celda y una bota de cana le acalló el gemido partiéndole la boca.

María estaba fría y ya no despertaría de su sueño. Los policías arrastraron el cadáver para llevárselo. Juan Metalero mientras, con la conciencia aplacada por el golpe, hallaba sosiego en el rincón más oscuro de las sombras.


” ¡Juan cortate ese pelo mi hijo! La policía te puede apresar por eso y también afeitate esa barba que esta larga, pareces un vago. Vos sabes que a las chicas les gusta que los muchachos sean varoniles y con el cabello bien cortito.” 

“Mamá no me entiende. Me gusta el heavy metal, ademas ya hice mi servicio militar y anduve pelado por ahi y con uniforme de soldadito. Me tuve que comer todos los abusos de esos imbéciles en el cuartel porque es obligatorio durante dos años. Tenía que aprender a bajar la cabeza y aceptar órdenes sin cuestionar nada. No piense recluta, obedezca o sino un reverendo gueikaká y veinte sablazos por la espalda para que aprenda. Humillar, aplastar, obedecer, no tener voluntad, no cuestionar, no pensar, solo actuar, no hablar ni gritar, empuñar el arma… servir, proteger, guardar al jefe para que siga abusando , aplastando, matando al pueblo… dejarlo exprimir nuestra sangre hasta la última gota hasta que solo quede abulia y seamos una tierra de fantasmas o de zombies mal paridos por la violencia. ¡Mierda! ¡Soy un maldito bastardo! ¡Nací para ser salvaje! ¡Esa es mi rebelión y conmigo no van a poder! “

Durante tres noches seguidas se llevaron a María, solo la oía gritar, la oía gritar sin parar. María perdió la voz, nunca más habló. En el calabozo sólo estabamos ella, un anciano que después de la primera noche nunca mas volvió y yo, por haberle roto el hocico a un pyragué. Tuve que hacerlo no me quedo otra…

“Juan vivía con su madre en una casa pequeña con tres cuartos y un corredor. 

Doña Librada, así se llamaba su madre, había sido amante de un militar. Cuando ella quedó en cinta, éste la despachó lejos de él sin reconocer al niño. Juan solía decir que el ser un bastardo le había librado de la molestia de tener que soportar a alguien que nunca le comprendería.

Juan despreciaba a los militares y a los “colorados”, más por odio a su padre a quien nunca había visto ni vería frente a él que por entender totalmente lo que ocurría en el país. “El presidente más reelecto en la historia… ¿cómo se llama? Se llama dictador, tirano-saurio rex ja ja ja ja ja”. “Todos saben que se roban niños pobres y los degüellan para que el maldito viejo calme su lepra con la sangre de esos inocentes”. No hables asi, le solía decir su madre, mira que la policía y los pyragues con tal de recibir propinas y acomodarse bien con el gobierno entregan a cualquiera por cualquier cosa. Cuantas cosas había oído Juan sobre el Diablo, cuantas cosas terribles que le atemorizaban y le daban rabia y que paradojicamente le alentaban su espíritu rebelde.
Juan sabía bastante bien como había sido engendrado y esa historia le causaba disgusto y furia, alguna vez se encontraría con el hombre que hace más de veinte años había tomado a una niña por mujer, aprovechándose de su poder y su impunidad.
De su padre, el General, no recibían absolutamente nada. Doña Librada trabajaba haciendo labores domésticas y Juan se rebuscaba en la carpintería del barrio haciendo con su jefe muebles, puertas y ventanas.

“Eran las dos de la madrugada cuando Juan despertó y aún con los ojos cerrados sintió que una luz intensa le atravesaba los parpados como una lanza filosa para ir incrustándose en lo más profundo de su atormentado cerebro. Estaba atado a una silla y no entendía lo que pasaba, los labios partidos por la patada se habían inflamado tanto que sentía el peso colgando de su cara. Juan estaba desfigurado. Ya no entendía lo que pasaba. en ese momento los guardias trajeron un tocadiscos y lo enchufaron. Juan estaba maniatado a la silla y pensó desesperadamente que sólo la muerte sería su redención. – Ya no más… hasta cuando voy a resistir. Resistí demasiado, mejor me muero… no voy a denunciar a quienes ni siquiera conozco, ni firmar falsas declaraciones acusando a inocentes. No lo voy a hacer. – pensó. 

“¿Por qué no me muero de una vez?”


En ese instante entró, un comisario como de unos cuarenta años, gordo y asquerozo como un cerdo. Uno de los guardias colocó un vinilo en el tocadiscos y la música empezó. El comisario sonrió y se puso unos guantes de cuerina: – Me encanta la opera cuando trabajo. – dijo mirando al pobre de Juan que todavía no entendía lo que sucedía. Fue entonces que uno de sus dedos empezó a sangrar y el dolor era ya inaguantable.

La bestia le había reventado el meñique de un martillazo.

Pavarotti cantaba La donna e’ mobile mientras Juan gritaba desaforadamente de dolor. El disco chirriaba horrorosamente. Una vez más Juan volvió a su oscuridad y al refugio de los recuerdos.”


– ¡Cuídalo! – le dijo Mario cuando le entregó el casete – me lo mando mi primo de la Argentina, es Metallica…

Recuerdo eso, recuerdo el disparo hacia el toca-cintas y el cañón del 38 en mi cara. Recuerdo el tambor girando y haciendo click. Le rompí el brazo no sé como y le curubiqué la nariz de un golpe tan fuerte y que me fue toda el alma en él. A la media hora vino la cana, me dijeron que era comunista y subversivo, que era fanático del “Che Guevara” y castrista por la barba y el cabello largo… Es simpático… pensé que me parecía a Jesús o Lemmy de Motorhead. Y me arrastraron a las tumbas para despojarme de la poca libertad que me quedaba.


“Por quincuagésima vez le derramaron agua esa noche. Nadie se percato de que no podía hablar ya. Juan parecía muerto. El comisario transpiraba y antes de darle el último golpe se bebió la octava petaca de caña:

– Es duro este desgraciado. Demasiado trabajo para nada. Mejor nos deshacemos de la basura, no vamos a poder sacarle lo que necesitamos para acusar al diputado Duarte de subversión. –

Lo arrojaron a su celda nuevamente, igual que siempre después de la tortura, desde hacían siete días. Juan ya no tenia su rebelde cabellera. Se la habían rapado el primer día en que se resistió y lo molieron a golpes. Su madre intento verlo, pero no pudo. Juan era peligroso para el Estado. 

Amaneció en el Departamento de Investigaciones de la Policía de la Capital. Eran ya casi diez de la mañana cuando fueron a buscar a Juan por orden superior, pero a pesar de los esfuerzos los guardias no pudieron despertarlo. Juan se había refugiado en la oscuridad más profunda.


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